Trabajar de lo que sea : el sueños americano de la Caravana Migrante

Universitarios, profesionistas, analfabetos... la violencia y la mala economía en sus países marca a los integrantes de la caravana migrante, quienes sueñan con tranquilidad y empleo.

La pregunta que más choca a los integrantes de la Caravana Migrante es de qué quieren trabajar una vez se establezcan en México o en Estados Unidos.

“De lo que Dios me mande”, afirma Mauro Rivera, un hondureño de 24 años recién llegado a Ciudad de México, luego de unos instantes de reflexión.

Como él está gran parte de los casi 5,000 centroamericanos que desde el pasado fin de semana están alcanzando la capital mexicana.

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Muchos salieron de San Pedro Sula, la violenta ciudad al norte de Honduras, el 12 de octubre, y viajan “echándole ganas” y “encomendándose a Dios”, como algunos comentan, para alcanzar su forma de “sueño americano”: encontrar un trabajo.

“Metí varias veces en la maquila y nada”, afirma Rivera, en relación con los intentos fallidos de conseguir un empleo en la manufactura de ropa, en San Pedro Sula.

Este joven dejó sus estudios en Administración Empresarial en la Universidad de Honduras (UH) porque no podía costearse los cursos con las 5,400 lempiras mensuales (unos 4,400 pesos) que ganaba ordeñando 30 vacas al día, en una lechería. Él y su hermano eran los únicos que metían dinero en la casa, en la que convivían los siete integrantes de su familia.


Mauro Rivera en Ciudad Deportiva. Foto: Anna Portella.
Guatemala y Honduras son los dos países con mayor tasa de jóvenes desocupados en Latinoamérica. Según el informe “Panorama Laboral 2017, América Latina y Caribe”, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), un 55% y un 53% de los desocupados de estos países, respectivamente, tienen entre 15 y 24 años.

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La tasa de desocupación en Honduras en el 2017 fue del 6.7%, según esta organización. En ésta se incluyen los jóvenes y los adultos, de 25 o más años, que también buscan su oportunidad de trabajo digno en el país.

Este es el caso de Jorge Sequeira, un hondureño que también tuvo que dejar sus estudios de Ingeniería Industrial, en la Universidad Tecnológica de Honduras (UTH), porque no le alcanzaba para pagar las 14 clases que le faltaban, de un total de 54.

A sus 30 años dejó su empleo en el Hotel Florencia, en la ciudad costera La Ceiba, para unirse a la Caravana, porque estaba sin seguro médico, sin aguinaldo, sin contrato y sin llegar a final de mes.

Con 5,000 lempiras mensuales (unos 4,000 pesos) no le alcanzaban para pagar sus gastos básicos: 1,000 lempiras (815 pesos) de luz; 180 lempiras (145 pesos) por el agua; el tanque de gas, que dura unos 20 días, por 500 lempiras (405 pesos); 400 lempiras (325 pesos) de telefonía móvil e Internet, y las 2,500 lempiras (2035 pesos) de renta. Además, se le juntaban los gastos por extorsión.

“Los mareros pedían a toda la colonia 500 lempiras semanales. Lo saben todo de nosotros: horarios de trabajo, cuándo entramos o salimos de la colonia. Un día me cansé y los mandé a chingar. Mi padrastro me recomendó que me fuera porque sino me iban a matar”, explica.

Honduras fue uno de los tres países sin conflictos armados con más muertes violentas en 2016, por debajo de El Salvador y Venezuela, y superando Jamaica y Belize, según el informe “Muertes violentas globales 2017. Es tiempo de decidir”, del centro de investigación Small Arms Survey. El Banco Mundial calcula que en 2017 hubo 43.6 asesinatos por cada 100,000 habitantes en el país.

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Junto con la falta de trabajo y la violencia, la pobreza es otro de los motivos que más se repiten en las historias de migración que cuentan estos centroamericanos, mientras esperan a que sanen las ampollas en los pies en la Ciudad Deportiva Magdalena Mixhuca de Ciudad de México.


Jorge Sequeira se cura los pies luego de más de 20 días de viaje. Foto: Anna Portella.
El PIB de Honduras crecerá un 3.6% este 2018, según las estimaciones del Banco Mundial, luego del 4.8% de 2017. Pero estos datos contrastan con las tasas de pobreza, porque se trata de “uno de los países con más nivel de desigualdad en Latinoamérica”, afirma esta institución.

En Honduras, seis de cada diez ciudadanos vivían en situación de pobreza en 2016 y uno de cada cinco que vivía en el campo, en situación de extrema pobreza, es decir, con menos de 1.9 dólares (39 pesos) al día, según el Banco Mundial.

“Ganaba 150 lempiras al día (unos 122 pesos) limpiando café”, explica Ruben Pérez, hondureño de 30 años. Cuenta que siempre ha vivido rodeado de sembrados y que su objetivo es llegar a Estados Unidos para mandar dinero a su hijo, que tiene la misma edad que él tenía cuando empezó a trabajar.

“Empecé sembrando café a los 9 años. Mis papás no pudieron mandarme a la escuela. No puedo leer ni escribir”, afirma.

No hace falta pasear mucho por la Ciudad Deportiva estos días para ver menores en brazos de adultos o jugando entre ellos mientras sus familiares mayores descansan en las tiendas de campaña improvisadas en la Ciudad Deportiva. Pero Pérez no es el único que dijo adiós a sus descendientes.

ARRASTRANDO LOS PIES DESDE GUATEMALA

Damaris Ortega, de 33 años, también dejó a sus tres niños de 10, 8 y 1 años en su Guatemala natal. “Les dije que los dejaba porque había conseguido empleo”, explica entre lágrimas. “Se quedaron con la idea de que no me verán, pero que voy a mandar dinero para darles mejores oportunidades que las que yo tuve”.

Esta guatemalteca llevaba dos años sin trabajar y su marido, que viaja con ella, no ganaba ni los 2,992 quetzales mensuales (unos 7,650 pesos) mínimos para actividad agrícola y no agrícola del país. Con esto, no les daba para la comida y la renta del departamento de 5 x 4 metros en el que convivían los cinco.

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El ingreso promedio mensual en Guatemala es de 2,053 quetzales (5,250 pesos), en donde el 20% de los ocupados “más ricos” recibe 15 veces más que el 20% “más pobre”: 374 quetzales mensuales (956 pesos) y 5,520 (14,115 pesos), respectivamente. Esto, según la Encuesta Nacional de Empleo e Ingresos 2017, del Instituto Nacional de Estadística guatemalteco.

Damaris Ortega finalizó sus estudios de bachillerato pero no pudo empezar la carrera de Trabajo Social, también por falta de recursos.

Para este matrimonio, la forma de evitar que éste sea el destino de sus hijos es pasar la frontera norte de México. “Tengo ganas de trabajar, en servicio doméstico o cuidando niños”, explica.

¿Y la opción de quedarse en suelo azteca?

“No queremos México, aquí la moneda vale incluso menos que en Guatemala”, afirma.


Voluntarios piden colaboraciones de ciudadanos y donaciones de comida, cobijas, ropa, zapatos y todo lo que pueda ser útil para los migrantes. Se pide entrega en la puerta 6 de la Ciudad