Hell and Heaven 2018: El adiós de Ozzy Osbourne

Larga vida al príncipe de la oscuridad.
En la nublada Birmingham víctima de la revolución industrial y los bombardeos de la segunda guerra mundial, Ozzy Osbourne encontraba en el blues la fuga perfecta ante el constante ruido de las fundidoras, el olor a metal derretido tal vez lo hacía sentirse en el infierno, y es por eso que se adaptó a él después de sus primeros días cantando en bares, recorriendo lares lodosos con su único par de zapatos, cargando su amplificador y micrófono para que su voz se hiciera sentir.

Siendo ya uno de los cuatro jinetes del apocalípsis también nombrados Black Sabbath, Ozzy encontraría el camino tan buscado hacia la eternidad: los largos viajes en ácido, la lírica siniestra que fundaría un concepto, la aguda voz que maquilaría un género musical, la actitud siempre desafiante que desarrollaría un mito. La personalidad siempre volátil de Oz y los violentos episodios durante los tours de Sabbath concluyeron con su partida y depresión por el rompimiento de su primer matrimonio. Líneas ce cocaína para el alma, tragos de alcohol para el corazón, y Sharon Osbourne como su salvadora hasta la fecha. Alejándose del mote de Son of Sabbath, Ozzy encontró en su propio nombre la gloria, en su creatividad el retomar el estrellato y en los 80 alcanzar nuevas etapas acompañado de grandes músicos.

“Prefiero que un perro me arranque el órgano reproductor a mordidas antes que volver a salir de gira con Ozzy”, mencionó Nikki Sixx de Mötley Crüe al respecto de cierto episodio etílico en el que el siempre frenético Osbourne decidió inhalar un montón de hormigas. Cuentan las leyendas que alguna vez embarró su propia mierda en las paredes de un cuarto de hotel, que en su boda con Sharon en Hawaii terminó desmayado de borracho, y que fue vetado de Alemania después de hacer striptease en una mesa y orinar en un restaurante. Sin contar los episodios de decapitaciones de palomas y murciélagos con su propia boca, también fue centro de la polémica cuando fue acusado de incitar la muerte de dos fans a causa de la canción “Suicide Solution”, caso del que después resultaría absuelto. La muerte de su guitarrista Randy Rhoads fue una de tantas gotas que siempre han derramado el vaso, la cordura intermitente, la locura casi permanente. Aquel niño que encontró en canciones de The Beatles la salvación y la inspiración necesaria para hacer algo de su vida después de terminar en la cárcel por robo, se convirtió en un ser errático y despiadado.

Pero la música siempre salió avante ante la polémica y a la fecha la obra de Ozzy es celebrada y respetada, más allá de su vida personal y su incursión en la moda de los reality shows. A veces resultaba muy gracioso ver que The Prince of Fucking Darkness era una persona completamente normal que pintaba en acuarelas, olvidaba las cosas y tenía un cajón en la cocina lleno de chocolates. The Osbournes nos mostró un rostro más humano del artista y The Ozzfest sería uno de los primeros festivales a los que siempre quisimos ir y en donde bandas como Pantera, Slayer o Deftones encontrarían un gran impulso a sus carreras y agrupaciones como Kittie, Coal Chamber y Slipknot sus primeros espacios para desarrollarse de forma masiva.

Afortunados fuimos en tiempo reciente de verlo por última vez al mando de Black Sabbath y escuchar uno de sus últimos legados musicales bajo la batuta de Rick Rubin, y tendremos una última oportunidad para decirle adiós y agradecerle el hecho de que nos haya inculcado el metal como una forma de vida, como la música que nos unifica con nosotros mismos, como el remedio infalible para calmar a nuestros demonios internos, la agresión sonora como sana forma de catarsis necesaria ante los embates de la vida diaria, la voz que le dio sentido a lo maldito, el eco infernal que tanto asustó a nuestros padres pero que nos enriquecería de una forma absoluta.