El mundo fantástico de Guillermo del Toro

Llegaba a clases con cucarachas vivas, en una competencia por atrapar al bicho más grande, y su escuela fue escenario de su primer corto sobre un monstruo gelatinoso. Desde pequeño, el mundo de Guillermo del Toro estuvo rodeado de seres fantásticos.

Antes del galardonado director, que con La forma del agua ya ha cosechado el Bafta, un Globo de Oro y el León de Oro de Venecia y ahora acaricia el Óscar, hubo un adolescente que tuvo claro que el cine era lo suyo y desde el bachillerato, casi jugando, empezó a labrar su carrera.

En los cortos que hacía desde chavo (casi adolescente) con una camarita ya se veía su imaginación, su lado fantástico de interpretar la realidad, dice a Afp Anne Marie Meier, crítica de cine suiza que conoció a Del Toro en un taller de guión cuando el cineasta mexicano tenía 16 años.

Todo ocurrió en la ciudad de Guadalajara, donde nació Del Toro, en 1964, y donde Meier se estableció para dar clases de alemán y talleres de cine. Ríe al recordar al ingenioso muchacho.

Tenía mucha pasión por los insectos. Los coleccionaba, vivos, en cajitas, y estaba en competencia con otros chavos por la cucaracha más grande de Guadalajara. A veces llegaba a la clase diciendo que traía una de siete centímetros, relata.

Pesadilla... 1 y 2

Amigo desde la adolescencia de Del Toro, el fotógrafo Mariano Aparicio fue cómplice de sus primeras andanzas cinematográficas. Rodaron juntos Pesadilla, corto de terror que tuvo su secuela un año después.

Teníamos 17 años. No había cámaras de video, con una super-8 decidimos hacer una película para un festival cultural. Fueron nuestros pininos. Es muy divertida: trata de un monstruo gelatinoso que sale del retrete y recorre el instituto, cuenta Aparicio.

El guión era de Del Toro, pero el resto de la producción se la compartieron pasándose la cámara para esta cinta cuyo valor, subraya Aparicio, es que fue un primer experimento con celuloide. Mandabas los cartuchos a revelar a Estados Unidos y era la angustia; esperabas mucho para ver, editar con un cortador especial y pegar con adhesivo, explica.

El crítico de cine Leonardo García Tsao conoció al veinteañero Del Toro cuando se iniciaba en el séptimo arte.

Lo único que quería era hacer cine y se acercó a él mediante talleres; las únicas clases que tomó, porque básicamente es autodidacta, comenta.

Su mundo ya era fantástico en su habitación juvenil, recuerda Aparicio. “Estaba decorada con aliens, personajes de ficción, monstruos, Frankensteins. Tenía de esas calcomanías fluorescentes que estaban de moda”.

Después vendría Matilde, un corto de terror rodado en casa de su abuela. Su madre, doña Guadalupe, encarna a una mujer en silla de ruedas que vive sola y pasa el tiempo tejiendo.

De repente aparece una grieta en la pared, que iba creciendo, y entonces ella mete una aguja de tejer y se va por la grieta, recuerda Aparicio.

Su madre siempre ha sido una entusiasta colaboradora. Apareció en Geometría, otra de sus cintas, rodada en 1987 y en la que también actuaron su papá y otro gran amigo, Rodrigo Mora.

Desde Matilde, destaca Meier, se observa el sello de Del Toro, quien creció en un ferviente hogar católico plagado de imágenes religiosas.

Matilde aparece rodeada de vírgenes y crucifijos. Guillermo ya jugaba con todo lo que a él le gustaba; era un chavo que se llenaba de cultura, leía cómics, dibujaba novelitas gráficas y también veía mucho cine, añade la crítica.