De la Democracia y la Tiranía

En las últimas semanas, el debate sobre lo que implica la democracia, y en consecuencia un régimen democrático, ha resurgido tangencialmente en el ambiente político mexicano. Y esto debido a sucesos específicos.

En primero lugar, tras la aprobación de las reformas –o contrarreformas- de la industria eléctrica, en cuyo proceso de aprobación en el Congreso el grupo mayoritario hizo uso de tal mayoría a efecto de aprobarlas tal cual y como habían sido presentadas por el Ejecutivo, lo que, cabe recordar, ha sido una constante.

En segundo lugar, tras la ratificación de la candidatura de Félix Salgado Macedonio (sobre quien pesan denuncias de violación, abuso sexual y acoso) al gobierno de Guerrero, bajo el argumento de que será el pueblo de dicha entidad el que decida si lo elije o no.

El tema pues no es menor, en tanto solemos hablar de democracia en un sentido muy general –y en consecuencia poco claro- o reducirlo a una simple cuestión de mayorías. Además, no podemos quedarnos con el simple origen etimológico de la palabra: “demos” pueblo y “kratía”, de “kratos” poder; el poder del pueblo.

De hecho, para algunos de los filósofos griegos clásicos como Platón o Aristóteles, la democracia era una de las formas corruptas de gobierno, la perversión de la Politeia, pues advertían precisamente que un régimen democrático tenía la capacidad de transformarse en tiránico.

Esta idea sería retomada en el siglo XIX por Alexis de Tocqueville, en lo que él llamaría la Tiranía de las Mayorías, pues advertía que “el imperio moral de la mayoría se funda en parte sobre la idea de que hay más luz y cordura en muchos hombres reunidos que en uno solo”, es decir, pareciera que la superioridad numérica está investida automáticamente de superioridad moral.

La mayoría se convierte entonces en un tirano, en un monarca absoluto incapaz de cometer errores, que intimida a las minorías y que, paradójicamente, puede otorgarle poder ilimitado a sus dirigentes; todo ello nos conduce a la propia destrucción de la democracia.

Una mayoría, por legítima que esta sea, no tiene derecho a hacer lo que le venga en gana, encuentra sus límites en la justicia y en el Estado de Derecho.

Por ello también resulta peligrosa la ofensiva y constantes ataques que desde Palacio Nacional se hacen al Poder Judicial, a instituciones y organismos autónomos e incluso a periodistas y otros grupos de la sociedad civil.

En ningún lugar del mundo, la concentración del poder, el debilitamiento o eliminación de pesos y contrapesos o la censura de minorías y voces disidentes, han traído resultados positivos. Ejemplos sobran: la Cuba de los Castro, la Argentina de Videla, la España de Franco o la Venezuela de Chávez.

Así pues, la democracia no se trata solamente de un régimen político o de una mera cuestión de mayorías, es un orden social que implica un Estado regido por el Imperio de la Ley, el respeto de los Derechos Humanos y las libertades fundamentales y la separación e independencia de los poderes públicos.