Impulso absolutista


No es un hecho aislado. De ello dan cuenta las noticias diarias que lo confirman una y otra vez. Y es que el presidente está caminando por la senda del autoritarismo. Su estilo personal de gobernar exhibe absolutismo y una tentación incontenible por ejercer el poder sin límites.
Del presidencialismo absolutista se había hartado la sociedad mexicana y durante décadas trató de construir una democracia efectiva en la que la división de poderes y los contrapesos ciudadanos acotaran un presidencialismo desmedido, abusivo y casi siempre ineficiente.

Convencidos, la mayoría de los mexicanos, de que la consolidación de la democracia llegaría luego de la elección de julio del 18 pocos esperaban el franco retroceso que ahora está a la vista. A pesar de la propaganda presidencial, que se empeña en presentar como democráticas y progresistas sus acciones, los hechos se acumulan portentosos dando forma a un Golem cuasi dictatorial.

En nombre del combate a la corrupción y los vicios del pasado el presidente ha decidido tomar para sí todo el poder que otras instituciones tienen el deber de ejercer conforme a nuestro estado de derecho. Ha debilitado, como ningún otro presidente, la autonomía de poderes que deben ser el sustento de una república democrática, de equilibrios.

Sin escrúpulos se permite ordenar a su mayoría en el poder legislativo que apruebe, sin cambio de coma alguno, las iniciativas que les envía, sin atender las consecuencias. Y así lo hacen los legisladores confirmando que son sirvientes del poder ejecutivo. Con inusual irrespeto a su gabinete les indica que quiere de ellos obediencia ciega, y así se comportan con tal de no contrariarlo. Hacen a un lado su decoro y su propio talento para atender los problemas nacionales.

Lo que tanto se había cuestionado en el pasado, de que el poder presidencial se ejerciera como monarquía absoluta, está ahora de regreso. La concentración ilimitada del poder tiene defectos que se amplifican de acuerdo al carácter y las filias o fobias del gobernante. Desde el pedestal del poder ilimitado se suele creer que la verdad ─su verdad─ es absoluta, que en sí es absoluto, que es la encarnación total del pueblo. Todo lo cual es en verdad delirante y riesgoso.

El desdén y repudio hacia las reivindicaciones feministas, para quienes solo ha tenido desprecio, es la expresión consecuente del prejuicio con que está constituida la verdad presidencial. El miedo de sus cercanos para interpelar la verdad presidencial se manifiesta en un silencio vergonzoso si se coteja con su opinión pública expresada durante los sexenios pasados.

Hemos perdido gradualmente en calidad democrática. La presidencia ha renunciado a ser la representación del todo nacional y se ha alejado por completo de los consensos democráticos del todo fincados en el estado de derecho. El debate proveniente de la diversidad es atacado diariamente para imponer la verdad presidencial como modo de pensamiento único.

Los impulsos absolutistas que se han apoderado de la personalidad del presidente son un obstáculo que tapona peligrosamente las vías democráticas que por muchos años construimos los mexicanos. Tanta concentración de poder entorpece por completo la funcionalidad del gobierno federal haciéndolo de plano ineficiente. Tenemos mucha concentración de poder y poquísima eficiencia.

Que la figura presidencial tenga aún una regular aprobación no quiere decir que el modelo concentrador de poder sea eficiente y que con ello deba justificarse el desvanecimiento de la democracia. Los resultados poco alentadores que ya comienzan a sentirse en distintas áreas de la vida nacional pueden precipitar la constitución de un nuevo hartazgo, el hartazgo de la incompetencia.

El último ataque a la autonomía del poder judicial por el caso de la reforma energética, tratando de subordinarlo por completo, es el último testimonio que nos ofrece un presidente que se asume absolutista y a quien le estorban los demás poderes constitucionales y los contrapesos necesarios en toda democracia. ¡Van mal las cosas!