¿Libertad para morir o para vivir?


Si cada ser humano actuara determinado para lograr el bien propio y el bien público, apegado siempre a una ética en donde la verdad y la justicia fueran los valores practicables, estaríamos entonces en el paraíso y el gobierno y las leyes no tendrían mayor justificación.

Lo cierto es que los seres humanos no siempre se empeñan en el bien público y más bien se aferran al bien propio, aunque perseguir este les resulte contraproducente. Lo anterior viene a cuento por la conducta social asumida frente a la Covid-19 y la confusa, errática y contradictoria actuación del gobierno de la república.
La estrategia gubernamental anti covid-19 quedó determinada hace tiempo por un principio con el que la mayoría de los ciudadanos se sintieron muy a gusto, a saber, que no habría imposiciones, que se respetaría la libertad porque la gente sabe cómo cuidarse, que la gente es buena.

Los resultados que esta filosofía de la salud ha propiciado, sin embargo, no son halagadores. El crecimiento de los números oficiales de contagiados y fallecidos son escalofriantes y la tendencia parece que no aflojará en las próximas semanas. La gente, el pueblo, no optó ni por el bien propio ni por el bien común. O más bien, en su escala de valores la salud fue colocada al final de sus prioridades, después de la movilidad y la recreación. El mensaje gubernamental fue atendido a plenitud, la gente asumió su libertad y se regocijó por el reconocimiento oficial a su libre albedrio volcándose a las calles, a las plazas, a los centros comerciales y a las fiestas.

El gobierno ha dejado a las buenas intenciones del pueblo el control de la pandemia, le ha apostado a la expresión metafísica de que "el pueblo es sabio". Pero esa decisión nos está acarreando un alto costo, y es que más allá de las frases populares siempre estarán las obligaciones constitucionales juradas como condición para ejercer el gobierno. El abandono de acciones claras y firmes para prevenir los contagios y salvar vidas le llevará a enfrentar de inmediato y por mucho tiempo reclamos de orden político y legal. Sin embargo, es un escenario que parece no alcanzan a ver.

El afán populista suele acarrear consecuencias indeseadas. Desde el gobierno de la república se le dijo a la población lo que parte de esta quería escuchar: permiso, bajo responsabilidad propia, para abandonar las restricciones y enfrentar a su modo y desde su credulidad la pandemia.

Es lógico suponer que frente al reclamo de la tragedia en proceso el primer argumento gubernamental, será, como ya lo está siendo, que la responsabilidad es de quienes tomaron la libertad como libertinaje. La propaganda para justificarlo ya está circulando en las redes sociales, la culpa es de los que enferman no de las instituciones constitucionalmente responsables de la salud de los ciudadanos.

Esta filosofía populista de la salud acarreará consecuencias indeseables que ya vivimos, la pesadilla del cierre. Si el gobierno, como ya lo tenía experimentado por los cierres de mediados de año, hubiera sido contundente en el uso de cubrebocas, el distanciamiento social, el seguimiento de contagiados, la aplicación masiva de pruebas y las restricciones de movilidad ─todas ellas recomendaciones de la OMS─ ahora tendría holgura para atenuar el cierre de negocios y otra probable recaída de la economía.

El crecimiento de la pandemia ha rebasado la visión desde la cual se creó la estrategia de semáforos. En un par de días fue demolida por los mismos que la propusieron como opción gráfica y didáctica para que la población identificara los niveles de riesgo. Tal vez creyeron que la enfermedad iría mermando y que sería excelente propaganda ir paulatinamente cambiando de rojo hasta verde demostrando el éxito alcanzado. La pandemia, sin embargo, ha tomado una ruta diferente, en correspondencia con las omisiones gubernamentales y la falta de claridad y congruencia de los líderes del gobierno.

Es una quimera creer que la gente siempre privilegia el interés público y el propio. Si ese fuera el caso México no necesitaría del gobierno ni de las leyes y de sus instituciones, el bien, la verdad y la justicia, se desplegarían homogéneamente como si fueran innatas a los individuos, estableciendo de manera natural un equilibrio social y político. La realidad es otra, muy humana, faliblemente humana, y se levanta frente a nuestros ojos dispuesta a arrollarnos.

Como el gobierno fue electo para gobernar debe entonces gobernar y hacer valer el bien común y el individual y lo debe hacer en apego a las leyes que nos hemos dado. Frente a la pandemia debe actuar con firmeza privilegiando la vida. Necesitamos la libertad para vivir no para morir. Toda libertad tiene acotamientos, uno fundamental es el Estado.